Estaba ahí parada intentado oír lo que me estaba llamando,
intentando ver la cosa que venía por mi cada noche. Yo ahí,
esperaba. Venía a la hora que quería, él, o ella, no sé qué ni
cuál, o la cosa.
No tenía percepción del tiempo y de repente allí estaban los ojos
que me llamaban cada noche, los ojos que brillaban y me nombraban
constantemente.
Me salieron escalofríos en los brazos, pero cuando la cosa me tocó
sentí calor. Un calor intenso. Sus manos eran blancas como la
luna. Eran hermosas.
Cuando la cosa no estaba, yo me sentía como si no pudiera vivir
sin ella... y cuando estaba, yo quería correr y correr hasta otro
mundo para que la cosa no pudiera encontrarme.
Así me sentía ahora; solo que cuando yo veía esos ojos me quedaba
paralizada hasta que la cosa venía y me cogía en sus brazos a
llevarme al otro lado del mundo. O mejor, a otro mundo... un mundo
que brillaba y brillaba como sus ojos.