Como era a veces su costumbre, ese día,
completamente desnuda, freía algo en aceite caliente…se había
bañado y olía a cosa fresca: su pelo todavía empapado, de vez en
cuando dejaba caer una gota de agua que se escurría perezosa por
sus tetas, o se precipitaba por la espalda hasta perdérsele en el
agujero del culo.
En muchas ocasiones yo le había puesto el delantal mas que para
protegerla, para sentarme junto a la puerta que daba a la terraza
y poder mirarle el culo a mis anchas... un culo hecho para el
sueño y las manos que se niegan a la memoria y que una vez puesto
el delantal y anudado en sus caderas despertaba ciertas imágenes
sin tiempo que el deseo pospone una vez mas como si el secreto de
su dicha estuviera en la espera de un amanecer sin amanecer...
el aceite hervía y se cebaba y se reconciliaba con su presa y la
raja del culo se apartaba y se abría y se mostraba sin enterarse
en lo mas mínimo del ojo que a escondidas se deleitaba en el ojo a
escondidas... esa fantasía que todo lo ve sin mirarlo de dentro
hacia fuera y a la inversa y que guarda a la vista de todos y en
secreto la llave de la existencia.
ese día, como un títere enamorado de sus cadenas y ya perdido en
los huecos de la respiración, me quite la ropa en silencio y sin
que ella se diera cuenta me acerque de puntillas dispuesto a
meterle bien dentro la verga y la agonía y la mirada y todo lo que
queda y se nos quema por dentro.
la verga subía y bajaba y daba pequeñas embestidas y de momento
contenía su respiración como si una soga invisible se apretara más
y más en su apetito...
inesperadamente a la hora de la luz, una gota de aceite saltó de
la sartén y me cayó en la cabeza de la verga y chirrió y se
inflamó y se hizo larva en los sueños y el grito se hizo agua
entre los dedos... y ella ya de rodillas agarró la verga entre sus
manos y se la metió de lleno en la boca... y en silencio, en el
silencio florecía la herida...