cuando yo era niño creía que los frijoles eran de
mi país
y el maíz con el que mi madre cada mañana hacía deliciosas arepas
para el desayuno y la tarde y más tarde y después…
y el chocolate que se me derretía enamorado en la boca
y las chicas que me guiñaban el ojo al cruzar la calle
y los libros que leía impaciente debajo de un árbol o de la cama…
y todo lo que iba sacando como un mago -y quedando y faltando-
-día a día- de una maleta de sueños y de desdichas…
después, no había cumplido aun cuatro años cuando me di cuenta
que lo único que pertenecía a mi país eran los muertos…
que a la vuelta de la esquina, cerca de mi casa,
había empezado su vocabulario y su genética…
que justo en mis narices se había establecido
uno de los criaderos mas importantes de toda la nación…
muertos para todos los gustos y caprichos…
los que sacaba de la maleta y los que quedaban y los que faltaban
y los que ya hacían cola para completar la cifra propuesta y
dispuesta
mucho antes del día señalado…
los había por todos lados… antes y a la hora del desayuno
y al mediodía y a la hora de la siesta y un poco antes del
atardecer
y mas tarde y después y ayer…
y en la noche eran tantos que ya no cabían en la maleta
y ni siquiera en la pesadilla….
al amanecer los que no podían lograr su boleto de entrada
iban de puerta en puerta saludando y pidiendo una limosna…
y muchos de ellos pasaban el día entero jugando con los niños
a las escondidas…o sacándole punta a los trompos con los que
nos disputábamos un árria*…
*Juego que consistía en llevar
el trompo de los contendores, partiendo de un circulo, a un lugar
señalado. El que perdía tenía que someter su trompo a una serie de
quiñes (ataques).